Ciudad Real 06/06/2018

Dos parques nacionales, poca conciencia ambiental
Puede que los parques nacionales de Ciudad Real, las Tablas y Cabañeros, y el parque natural de las Lagunas de Ruidera, no sean los parajes más espectaculares de España pero que existan supone un hito de las movilizaciones ambientales del siglo XX. Este artículo repasa la tortuosa historia de los tres emblemáticos espacios naturales de la provincia.
Si hiciéramos una encuesta rápida entre los españoles con la pregunta ¿cuál es la provincia con más parques nacionales declarados?, la mayoría respondería que Canarias (Santa Cruz de Tenerife cuenta con tres espacios protegidos en la red nacional: las Cañadas del Teide, Garajonay y la Caldera de Taburiente); pero si acotásemos la cuestión a la península es posible que nadie reparara en Ciudad Real, una provincia del interior con fama de árida y poco atractiva, que un escritor genial eligió hace cuatro siglos como escenario de su gran novela ‘Don Quijote de La Mancha’.

Seca y poco atractiva. Así nos ven y así seguimos siendo para el gran público a efectos de unos valores naturales conservados a trancas y barrancas e incluso con la resistencia de buena parte de la ciudadanía, que aún hoy, en 2018, con la espada de Damocles del cambio climático sobre nuestras cabezas (Ciudad Real será [ya lo es] una de las provincias más afectadas por la desertificación que avanza en Europa) sigue sin comprender: “¿Por qué hay que desvivirse para salvar a cuatro patos?”, o por qué se tiene que prohibir la caza en Cabañeros “cuando se ha hecho toda la vida” (en las fincas privadas se permite). Comentarios como estos se reactivan de forma periódica en cuanto llega una de esas sequías periódicas, cada vez más frecuentes.

Y qué podemos decir de las Lagunas de Ruidera, ese paraje profundamente bello, de aguas turquesas, verdes…mágicas, en el centro de cualquier desmán ambiental porque hasta no hace mucho (2009) ¡Eran propiedad privada! (buena parte de la tierra sigue siéndolo).
Desconfianza entre lo rural y lo ambiental

Hablar de medio ambiente en setenta y cinco años de historia del periódico Lanza en Ciudad Real no es fácil. En nuestra dura mollera agraria y rural –dicho con el máximo respeto- existe una incomprensible desconfianza entre quienes defienden los valores agrarios y quienes ponen el acento en la conservación del medio ambiente, sin entender que lo uno sin lo otro no es posible y al revés.

Es verdad que aquí no hay grandes industrias que contaminen ¿pero, qué pasa con el agua? , ¿quiénes tienen más derecho ‘unos patos’ o unos agricultores que se desloman para trabajar la tierra?; ¿si no hay agricultura de qué vamos a vivir en La Mancha? Ahí está la madre del cordero, que no es tan ajena a otros lugares de la España de interior, lo que quizá sí ha sido singular es cómo se ha logrado preservar esos espacios únicos y, reconozcámoslo, en casos como el de las Tablas de Daimiel gracias a la acción en un primer momento de organizaciones ecologistas y movimientos internacionales.

Las Tablas, la desecación y la extensión de los regadíos

Las Tablas de Daimiel son un humedal único, último representante del ecosistema denominado tablas fluviales, antaño característico de la llanura central de la península Ibérica. Parque nacional desde 1973, la máxima figura ambiental, su protección coincide posiblemente con el peor momento de su historia.

Muchos que paseen hoy por las Tablas se preguntarán cómo es posible que haya tan poca agua en un paraje tan singular, ¿por qué no llueve? La explicación corta podría ser esa. Pero esto es La Mancha y su clima no es muy diferente del que encontraron los árabes en el siglo VIII cuando decidieron llamarla “la seca”.

Para entender qué ocurre hay que remontarse a los años sesenta. El país atrasado y machado por la dictadura empieza a recuperarse de la guerra y se aceleran obras de canalización de los ríos manchegos que incluyen la desecación de la zona (el proyecto de las Tablas lo presentó el Grupo Sindical de Colonización de Daimiel y lo aprobó el Ministerio de Obras Públicas en 1968). En el Lanza de 1970 aparecen referencias a la “degradación irreversible” del paraje si ese proyecto sigue adelante y las hace Adena, hoy conocida como WWF, la mayor organización internacional independiente dedicada a la defensa de la naturaleza y el medio ambiente.

En paralelo a esta actuación a comienzos de los años setenta “una extensión salvaje de regadíos”, explica la página oficial del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, acaba con los recursos hídricos del subsuelo. En pocos años el río Guadiana queda definitivamente seco produciéndose un desastre ecológico y geológico de graves consecuencias. La turba comienza a arder, bien de forma espontánea o inducida por incendios en tierras colindantes.

Como medida de protección y de finalización de la desecación en 1973 se declara el parque nacional de Las Tablas de Daimiel y se crea una zona de Reserva Integral de aves acuáticas.

En 1981 se incluye en el Programa MaB (Hombre y Biosfera) al declarar La Mancha Húmeda como Reserva de la Biosfera (en torno a esa fecha dejan de manar los denominados “Ojos del Guadiana”, en el término de Villarrubia, también con espacio dentro del parque). Y en paralelo sigue avanzando la protección. En 1982 se reconoce como Humedal de Importancia Internacional por el convenio Ramsar y en 1988 como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA).

¿Están mejor las Tablas desde que son parque nacional? “Están”, aunque en estas décadas no ha hecho más que agravarse la problemática que tocó fondo en el nuevo incendio de turberas de 2009. Es cierto que en estos años se ha reordenado algo la situación del riego en los acuíferos (ahora masas de agua), se han comprado derechos y se sigue trabajando para recuperar el dominio público del cauce del Guadiana en el entorno del paraje.

Cabañeros, de campo de tiro militar a parque nacional

La protección de Cabañeros también parte de una amenaza. Estos terrenos de caza y pastoreo en los Montes de Toledo que delimitan las provincias de Ciudad Real y Toledo tienen hoy la máxima protección ambiental por un grave peligro. Pero esta vez la sociedad ciudarrealeña sí reaccionó. Hasta los primeros gobiernos de la comunidad autónoma, del PSOE, le plantaron cara al Gobierno central de su propio partido que se fijó en la zona, muy poco poblada, para convertirla en campo de tiro de entrenamiento militar.

Vayamos por partes. En junio de 1987 el Ministerio de Defensa compró la finca, situada en pleno corazón de los Montes de Toledo y con una extensión de unas 16.000 hectáreas. En un primer momento, se pretendió instalar en la zona un campo de tiro. Esta demanda concitó protestas de vecinos y de organizaciones ecologistas de toda España. Ellos, junto con un importante movimiento ciudadano, consiguieron la paralización del proyecto.

Poco después, el 11 de julio de 1988, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha declaró a la finca de Cabañeros parque natural y el 28 de abril de 1995 las Cortes aprueban un proyecto del Gobierno por el cual la finca de Cabañeros y parte de su entorno, con una extensión superior a las 40.000 hectáreas, es declarada parque nacional.

En esos años surgieron líderes como el alcalde de Anchuras, Santiago Martín, que peleó para que el ministerio, empeñado en hacer un polígono de tiro en la zona, desistiera también de construirlo en Anchuras y lideró la célebre Coordinadora de Anchuras.

Lo recuerda Antonio Salinas, político socialista ya retirado, que fue el primer presidente del patronato rector del parque (1995-2011). Al poco de tomar posesión del cargo un general del Ministerio de Defensa lo amenazó con enviarle un batallón si no cedía y les permitía roturar sus tierras, algo que chocaba con la conservación y no se podía hacer. El general presionaba de esta forma porque el Ministerio de Defensa siguió siendo uno de los propietarios de terrenos dentro Cabañeros

Salinas recordaba esta anécdota en una entrevista con Lanza con motivo del veinte aniversario del parque, el 20 de noviembre de 2015.

Hoy nadie discute los valores naturales, pero hasta llegar a eso hubo una dura pugna de ciudadanos y gobiernos. Fueron “años de mucha agitación”, en los que Salinas participó de forma destacada primero en 1988 como presidente de la junta rectora del parque natural y desde 1995 del patronato rector.

Aquí empezó defensa de los valores ambientales de la región

“Con Cabañeros asistimos al nacimiento de la defensa de los valores naturales de Castilla-La Mancha. La presión popular y el sentido común se impusieron a que fuera un campo de tiro, y se salvó utilizando un recurso que tenía la administración regional que era iniciar el estudio para la declaración de parque natural del espacio, y se consiguió. A continuación un Ministerio de Defensa perseverante dice que si el campo no se hace ahí pues se hace al lado, en Anchuras, y así anduvimos”.

Salinas recuerda que la primera reunión de la junta rectora no se pudo celebrar por la presión de la Coordinadora de Anchuras, “que nos pedía que nos pronunciáramos sobre su situación, y nosotros como junta, al margen de lo que pensáramos de modo particular, no nos podíamos pronunciar”.

Con la tensión de Anchuras, las nulas simpatías de Defensa y de los dueños privados, el parque inició su andadura. Salinas admite que el hecho de que hubiera estado amenazado aumentó su popularidad y sobre todo “que la gente entendiera que el parque nacional era bueno”.

“Al principio lo más duro fue contender con los grandes propietarios de fincas, porque no había suelo público en el parque y existía la idea generalizada de que como dueños y señores de una gran superficie, en ella podían hacer lo que quisieran”.

Hoy esa convivencia es mucho más armónica y, aunque ha costado, el uso público se ha ampliado. Se han abierto senderos, rutas a pie, visitas guiadas en todoterreno, dos centros de visitantes y hasta un molino museo. En lo negativo cabe recordar que Cabañeros es el parque nacional menos visitado en el que incomprensiblemente se sigue permitiendo la caza deportiva en las fincas privadas dentro del parque (la prórroga se introdujo en 2014, a través de una enmienda del PP a la Ley de Parques Nacionales).

Las lagunas de Ruidera

En las Lagunas de Ruidera el problema no es precisamente la falta de público ni de conocimiento ni reconocimiento. El singular nacimiento del río Guadiana también ha sido víctima de los excesos en el uso de sus recursos y las capacidades de protección de los diferentes gobiernos muy limitadas. Hubo que esperar hasta 2003 para que la justicia declarara propiedad pública las lagunas, cuyas aguas y terrenos estaban en manos de particulares, que llegaron hasta el Tribunal Supremo quién reconoció finalmente la titularidad pública en 2009.

El rosario de despropósitos también se reactiva en los años setenta en los que se permitió un desarrollismo urbanístico desordenado. En 1979 el Gobierno de Castilla-La Mancha declaró Ruidera parque natural y lo incorporó a la red de espacios protegidos. Otro hito es 1995 cuando se desarrolla un plan de uso y gestión en el que se limitan las nuevas construcciones y se intenta conseguir la recuperación de sus características naturales. Unos años después la Junta compra las fincas Hazadillas y Era Vieja.

La promoción de la agricultura de regadío con las aguas del acuífero 24 o acuífero del Campo de Montiel, que alimenta a las Lagunas, y su vecino el 23 (ahora divididos en diferentes masas de agua), también han hecho mella en este paraje casi único en el mundo.

Casi únicas en el planeta

“Las Lagunas de Ruidera son un conjunto de lagos [quince] cuya alimentación compleja se debe al acuífero subterráneo y a las aguas superficiales. En el mundo hay lagos de este tipo en Plitvice (Croacia), en la tierra de los Lagos de Wisconsin, en la zona de Adirondack en el estado de Nueva York y en Tallahassee en Florida. Su estudio es fascinante”, así describen las Lagunas los científicos Miguel Álvarez, Santos Cirujano y otros investigadores del CSIC en el estudio del año 2007 ‘Ecología acuática y sociedad de las Lagunas de Ruidera’.

En esa publicación se habla abiertamente de los conflictos que surgen en los años ochenta, ocho años antes de que el Gobierno declarará sobreexplotados los acuíferos manchegos (situación que continúa en la actualidad) y se empiecen a aplicar planes de compensación de rentas (Plan de Humedales) y otras medidas para preservar La Mancha Húmeda que a la vista está a fecha de hoy han sido insuficientes.

Lo último ha sido la promesa del Gobierno regional, gestor del parque, de impulsar un plan de mejora integral durante este año 2018 para garantizar tanto la conservación como el uso público del paraje, con el apoyo e implicación de otras instituciones como las diputación de Ciudad Real y Albacete.

“La conservación y recuperación de este ecosistema singular depende en gran parte de la sociedad castellano-manchega”, advertían los científicos en 2007. Una frase que once años después cobra sentido al ritmo acelerado con el que está avanzando el calentamiento global. “El cambio climático es una amenaza que no distingue entre animales, plantas o humanos, ricos o pobres, es un problema que nos afecta y nos compete a todos”, sentencia la organización ambiental WWF. Ahora falta que cale el mensaje en Ciudad Real.